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El último mensaje de mi padre

  • 2 jul
  • 3 min de lectura

Osteoporosis

José Raquel Badillo Medécigo

(Seudohumorista)

 

 

"Las cosas que llamamos 'casualidades' son sólo los hilos sueltos de un plan que no alcanzamos a comprender." — C.S. Lewis.


Hace unos días se celebró, como cada tercer domingo de junio, el Día del Padre. Desde luego el recuerdo de mi papá está inherente a casi 20 años de su partida terrenal.


Desde su ausencia física he creído que de alguna forma se hace presente en mi vida. Quizás sólo sean reiteradas coincidencias…


Mi padre falleció en Pachuca, pero fue sepultado en su pueblo natal, así que rigurosamente el Día del Padre acudía al pueblo a visitar su tumba.


La última vez que acudí en esa fecha —tercer domingo de junio— viajé con una de mis hermanas, quien es muy afecta a llevarle arreglos florales en fechas como esa.


Durante el trayecto mi hermana, se dio cuenta que, por apresurar la salida hacia la Huasteca, olvidó comprarle flores.


En el trayecto una y otra vez lamentaba su descuido. Le sugerí comprarlas en Huautla o Atlapexco y asunto solucionado.


Al pasar por Atlapexco, quiso comprar las flores. Sin embargo, había que desviarse poco menos de un kilómetro, por lo que le dije que en Huautla, en su tianguis, habría flores y que mejor nos apuráramos a llegar; ella protestó, pero sin discutir más nos enfilamos.


El tianguis que está muy cerca de la casa de mis padres lucía en esplendor y ella se disponía a ir a comprarle un arreglo floral. ¡Nuevamente le sugerí que fuésemos de rápido a saludar al tío Nacho, que era cuestión de pocos minutos! ¿para qué ir cargando el arreglo floral? —Le cuestioné— no nos tardaremos nada, sólo lo saludamos y compramos las flores y de ahí al cementerio.


¡No vinimos a visitar al tío, sino a la tumba de papá! —objetó molesta—


Pero resignada fuimos a prisa a saludar al tío, pasos largos, porque el carro se quedó estacionado en el domicilio y del tianguis era más fácil ir caminado…


Llegamos con el tío, lo saludamos y cumpliendo lo dicho, nos despedimos rápidamente. Él hasta se sorprendió por esa visita relámpago.


Caminamos rápidamente hacia el tíanguis, inesperadamente un fuerte viento salió de la nada y gruesas gotas empezaron a caer. Corrimos desesperados para ir por las flores. Al llegar a la plaza, ya la gente se había marchado por el ventarrón y por las fuertes gotas de la lluvia.


¡Ya ves ya no hay nada! Me dijo mi hermana a manera de reclamo…


Yo todavía le refuté. ¡Exacto! porque eran “puestos” a la intemperie, pero la florería está en un local y esa no la pueden quitar…


Al llegar a la florería, ¡ésta estaba cerrada!


Ya no pudo comprar ni una sola flor…


¡Está por demás citar los reclamos justificados de mi hermana!


Fuimos por el carro y llegamos al panteón.


La lluvia seguía, bajamos y caminamos en el cementerio, poco a poco la lluvia fue cesando… permanecimos en silencio quizás cada quien haciendo una oración calladamente, tal vez recriminándome por no haberle permitido comprar las flores ni en Atlapexco, ni llegando a Huautla…


Nos retiramos cabizbajos, pero al volver la vista descubrimos ¡un arcoíris!


¡Desde entonces relaciono la lluvia con la presencia de mi padre!


Anoche, al escribir este artículo, llovía… siempre había recordado esta anécdota, como un reclamo de mi padre por haber antepuesto otras situaciones; sin embargo, ha dejado de llover… y justo ahora deduzco que si esa situación no hubiese ocurrido así de evidente, jamás hubiera imaginado la relación estrecha entre la lluvia y mi padre; estoy agradecido por los sucesos continuos que me permitieron descubrir su último mensaje postmortem y la llamada de atención de mi padre.


Dicen que las coincidencias son el lenguaje sutil de los que ya se fueron… ¡y yo así lo creo!



 

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