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Gritar México sin romper México. Entre el orgullo nacional y la responsabilidad colectiva

  • 30 jun
  • 3 min de lectura

Entre la norma y la justicia

Alfonso Verduzco


(06-30-2026)


Hoy, martes 30 de junio de 2026, la Selección Nacional de México jugará uno de esos partidos que no solamente se miran: se sienten. México enfrentará a Ecuador en la fase de dieciseisavos de final del Mundial, en la Ciudad de México, con el impulso emocional de haber clasificado como primer lugar del Grupo A, con paso perfecto, nueve puntos de nueve posibles, tres victorias consecutivas y una portería que no recibió gol durante toda la fase de grupos.


Ese dato no es menor. Para un país que vive el futbol como una extensión de su identidad colectiva, el desempeño de la Selección Nacional representa algo más que una estadística deportiva. Es orgullo, pertenencia, memoria y esperanza. Es el niño con la camiseta verde en la calle; la familia reunida frente a la televisión; la plaza pública convertida en estadio; el grito que cruza generaciones y que, por un instante, nos hace sentir parte de una misma historia.


Las ciudades sede —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— han sido testigas mudas de esa pasión. También lo han sido muchas capitales del país, donde los festejos han mostrado una vez más esa forma tan mexicana de vivir el futbol: con música, banderas, colores, abrazos, humor, emoción y una intensidad cultural que suele sorprender al mundo.


México no sólo celebra un marcador; celebra un símbolo nacional.


Pero hay que decirlo sin rodeos: no todo ha sido motivo de celebración.


En varios puntos del país se han advertido excesos que ya no pueden entenderse como simple euforia deportiva. Cuando un festejo deriva en agresiones, daños a propiedad ajena, lesiones, ataques a terceros o violencia colectiva, ya no estamos ante una celebración: estamos ante conductas que pueden constituir faltas administrativas e, incluso, delitos.


El futbol explica la emoción, pero no justifica el abuso.


La psicología social ha estudiado este fenómeno bajo la idea del comportamiento de masas.


En determinados contextos multitudinarios —conciertos, protestas, celebraciones deportivas o concentraciones públicas— las personas pueden actuar de manera distinta a como lo harían individualmente. La presión del grupo, el anonimato, el contagio emocional y la pérdida momentánea de identidad personal pueden empujar a conductas irracionales, impulsivas o violentas.


Pero esa explicación no equivale a una excusa.


La masa no borra la responsabilidad individual. El desorden no crea una zona libre de derecho. Nadie tiene derecho a destruir un negocio, golpear a una persona, dañar un vehículo, prender fuego a objetos, bloquear servicios de emergencia o poner en riesgo a familias enteras bajo el argumento de que “todos lo estaban haciendo”.


Celebrar no puede significar destruir.


México tiene antecedentes dolorosos que muestran cómo una concentración masiva, cuando se combina con desorganización, imprudencia o falta de control, puede terminar en tragedia.


El caso News Divine, en 2008, dejó 12 personas fallecidas y múltiples personas lesionadas en la Ciudad de México. El accidente del Extremo Aero Show de Chihuahua, en 2013, provocó la muerte de nueve personas y lesiones a 58 asistentes, según documentó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.


Esos casos no son iguales a un festejo futbolero, pero sí contienen una advertencia común: cuando se pierde el control de una multitud, las consecuencias pueden ser irreparables.


Por eso, el llamado debe ser claro. Se vale gritar, cantar, portar la bandera, abrazar a desconocidos, salir a celebrar y vivir el partido como una fiesta nacional. Lo que no se vale es atentar contra el patrimonio, la integridad o la tranquilidad de los demás.


La propia autoridad de protección civil ha insistido en que los eventos religiosos, culturales, deportivos, artísticos o políticos pueden reunir a muchas personas y coincidir con condiciones de riesgo. Por ello recomienda seguir indicaciones de seguridad, ubicar salidas de emergencia, respetar las instalaciones, identificar rutas de evacuación, atender al personal de seguridad y, en caso de emergencia, comunicarse al 911.


Esa prevención no debe verse como exageración. Es sentido común institucionalizado.


La celebración responsable también es una forma de patriotismo. Porque amar a México no consiste en romper México. Amar a México también es cuidar sus calles, respetar a sus familias, proteger a sus niños, permitir el paso de ambulancias, cuidar los espacios públicos y entender que la alegría propia no puede construirse sobre el miedo o el daño ajeno.


La Selección Nacional tiene una oportunidad deportiva enorme. Pero la sociedad mexicana también tiene una prueba cívica.


Podemos demostrar que la pasión no está peleada con la responsabilidad. Que el orgullo nacional no necesita violencia para hacerse visible. Que el entusiasmo mexicano puede ser intenso, colorido y poderoso, sin convertirse en amenaza.


Ojalá México gane. Ojalá avance. Ojalá el país entero celebre.

Pero, sobre todo, ojalá entendamos algo básico: ningún triunfo deportivo vale la vida, la integridad o el patrimonio de otra persona.

Gritemos México, pero -sobre todo- cuidemos a México.

 

@AlfonsoVerduzco

1 comentario


Invitado
30 jun

Excelente reflexión, es importante en estos momentos, que los ciudadanos actuemos con responsabilidad y amor a México y su gente.

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