A cada una de ellas, gracias.
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Mente lunera

Andrea González
01-04-2026
Hay maestras que dan su clase, y hay maestras que dejan huella en cada clase. No es lo mismo memorizar fechas, fórmulas o reglas gramaticales que aprender a mirar el mundo con curiosidad y aprender el arte de cultivar esa misma curiosidad, con disciplina, con confianza.
Una buena maestra no solo explica; escucha. En ese acto aparentemente simple ocurre algo profundo: el alumno deja de sentirse un número más y empieza a percibirse como alguien capaz de pensar, de opinar, de equivocarse sin miedo. Ese espacio de confianza es el primer paso hacia un mejor desempeño académico, porque nadie aprende bien desde la inseguridad constante.
Muchas veces creemos que el rendimiento escolar depende únicamente de la inteligencia o del esfuerzo individual. Sin embargo, hay algo más silencioso que influye: la mirada del docente. Cuando una maestra cree en su alumno, incluso antes de que él mismo lo haga, está sembrando una idea poderosa: “puedo lograrlo”. Y esa idea cambia la forma en que enfrentamos los retos. Ya no vemos un problema difícil como una amenaza, sino como una oportunidad para demostrar lo que somos capaces de hacer.
El vínculo también se construye en los detalles cotidianos: una corrección hecha con respeto, una palabra de ánimo después de un error, una explicación repetida sin impaciencia. Esos gestos, que podrían parecer pequeños, se acumulan hasta formar una base emocional sólida. Sobre esa base, el aprendizaje fluye con más naturalidad. No es casualidad que en las materias donde sentimos cercanía con la maestra, participemos más, preguntemos más y, en consecuencia, aprendamos mejor.
Además, las buenas maestras enseñan algo que no siempre está en los libros: la relación con el conocimiento. Nos muestran que aprender no es solo cumplir con tareas, sino entender, cuestionar y conectar ideas. Ese cambio de perspectiva impacta directamente en nuestro desempeño, porque dejamos de estudiar por obligación y comenzamos a hacerlo con interés genuino.
También hay un componente afectivo que no se puede ignorar. En las etapas donde estamos formando nuestra identidad, la figura de una maestra puede convertirse en un referente. Su manera de expresarse, de resolver problemas o de tratar a los demás se vuelve un modelo. Así, el vínculo trasciende el aula: no solo mejora nuestras calificaciones, sino también nuestra forma de pensar y de relacionarnos. Sin embargo, estos vínculos no se imponen; se construyen.
Al final, quizá no recordemos todos los temas que vimos en clase, pero sí recordaremos cómo nos hicieron sentir ciertas maestras. Y, de alguna manera, ese recuerdo seguirá influyendo en nosotros: en la confianza con la que enfrentamos nuevos desafíos, en la disciplina que desarrollamos y en la manera en que entendemos el aprendizaje. Porque cuando el vínculo es genuino, el conocimiento no solo se aprende: se queda.
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