El coloso septuagenario que se niega a morir: la Arena Afición de Pachuca cumple 74 años
- 30 ene
- 4 Min. de lectura
Hubo un momento que se sintió histórico, fue el de Solar contra Satánico, dos leyendas que ya rebasan los 70 años y que, aun así, ofrecieron una cátedra.

Enrique Vega
“La arena estaba de bote en bote la gente loca de la emoción”, cantaba Pedro Ocádiz hace más de siete décadas y la Sonora Santanera en tiempos posteriores, pero anoche esa estrofa volvió a cobrar sentido en Pachuca, ya que el viejo coloso de la Cuauhtémoc, la Arena Afición, celebró un año más de vida con sus entrañas llenas de gritos, nostalgia y fe ciega en el pancracio mexicano.
La Arena Afición de Pachuca cumplió 74 años y lo hizo como mejor sabe: resistiendo, con una función que muchos calificaron “de gala”.
Resistiendo al tiempo, a la modernidad y al olvido, con las gradas repletas y el corazón latiendo en cada improperio lanzado desde cada rincón o desde las alturas, así es el edificio icónico de la lucha libre en la Bella Airosa.
Enclavada en pleno centro de la ciudad, en el corazón de Pachuca, sobre la calle Cuauhtémoc número 410, el inmueble no es sólo un recinto deportivo, es un santuario popular.
Un refugio donde convergen generaciones enteras para compartir un mismo ideal, creer, aunque sea por dos horas, que los técnicos todavía pueden vencer a los rudos, en la eterna lucha del bien contra el mal.

NOCHE DE GALA
La cita fue este jueves 30 de enero, a las 20:30 horas, pero desde mucho antes, las calles estrechas que abrazan al inmueble comenzaron a transformarse con puestos de máscaras, camisetas, comida y antojos nocturnos que pintaron el perímetro con colores y aromas que anuncian fiesta.
Al cruzar la puerta, el tiempo se desacelera, los pisos de madera crujen bajo cada paso, como si se quejaran, pero también como si presumieran que siguen ahí, firmes, desafiando décadas y festejando que son septuagenarios.
Los accesos a las diversas zonas son angostos, en momentos hasta incómodos, casi claustrofóbicos, pero forman parte del encanto porque en el lugar nada es perfecto, todo es auténtico.
Las butacas también parecen tener memoria, son de madera, tercas, aferradas a no desaparecer, algunas han sido sustituidas por metal, es cierto, pero la mayoría permanece ahí, como veteranas de guerra por las más de mil batallas que han presenciado.

DÉCADAS DE MAROMA
Para el aniversario lucen bien barnizadas, aunque debajo de ese brillo se perciben décadas de sudor, nervios, saltos y deportistas que combatieron al ritmo del aplauso en el cuadrilátero.
En los muros de acceso, los viejos programas de lucha siguen colgados como si fueran estampas sagradas, esos no piden restauración porque las arrugas que presumen en cada una de sus hojas amarillentas son un pedazo de historia, una postal detenida en el tiempo que observa al aficionado entrar en cada función.
Ahí aparecen nombres que marcaron al pancracio mexicano: Cavernario Galindo, El Santo, Mil Máscaras, Blue Demon, Rayo de Jalisco, Huracán Ramírez, Negro Navarro, los Villanos, Perro Aguayo, Negro Casas, Canek, entre otros.
La entrada fue como se esperaba, un lleno total en butacas numeradas, gradas y zona general, sin importar que los precios iban de los 200 a los 700 pesos, no cabía un alma más.
Las telarañas, suspendidas en las esquinas, no parecen descuido, sino decoración involuntaria de un recinto que nunca ha pretendido ser pulcro.

PASIÓN Y GLORIA
De esos rincones oscuros brotan insultos, carcajadas, silbidos y plegarias improvisadas dirigidas al réferi, a los rudos, a los técnicos y, a veces, hasta al de al lado.
La afición no perdona, como en un coliseo romano, exige sangre simbólica, espectáculo, entrega, si un gladiador no convence, el abucheo cae sin misericordia.
Sin embargo, si los combatientes se ganan al respetable el aplauso es al unísono, las monedas caen sobre el ring como una tradición de gratitud para los luchadores, por la creencia de ser un deporte poco remunerado para los que arriesgan su vida en el cuadrilátero.
Cada lance, cada llave, cada castigo y cada pose provoca una reacción distinta, que va desde la euforia, enojo, risa y hasta frustración, no es broma cuando se dice que la lucha libre es una montaña rusa emocional en la que todos se suben sin cinturón.
Fueron seis combates en total, en el ring pachuqueño desfilaron Prodigio, Resplandor y Capibara, este último convertido en favorito de chicos y grandes por su físico bonachón y carisma involuntario.

PAR DE LEYENDAS
También estuvo El Español, convertido en atractivo visual para más de una mirada libidinosa, acompañado de Pachuco, con sabor a barrio.
Hubo un momento que se sintió histórico, fue el de Solar contra Satánico, dos leyendas que ya rebasan los 70 años y que, aun así, ofrecieron una cátedra de llaveo y contrallaveo que recordó por qué sus nombres están escritos con letras mayúsculas.
Máscara Dorada encendió a la grada con vuelos que parecen desafiar la gravedad, confirmado por muchos como la nueva sensación de la lucha mexicana, mientras que Difunto desató la rudeza colectiva y se convirtió en estandarte del bando oscuro.
Y en la estelar, el imán de la taquilla, Místico, el príncipe de plata y oro, acompañado por Volador y Bandido, cerraron la noche, con la cereza del pastel, como se dice popularmente.
Algunas luchas prendieron más que otras, pero ninguna pasó inadvertida por los lances y las llaves que iban y venían con el mismo ritmo que los vendedores de paletas, papas y refrescos, serpenteando entre filas, sorteando rodillas, mochilas y pies distraídos.

UN COLOSO VIVO
La Arena Afición cumple 74 años, un coloso cansado, sí, un coloso parchado, también, pero un coloso vivo, uno que se niega a caer porque sabe que, si cae, se lleva consigo un pedazo enorme de la identidad popular.
En ese pintoresco lugar, mientras exista alguien dispuesto a apoyar a los rudos o a los técnicos, la lucha libre seguirá respirando.

---
ÚNETE AL CANAL DE FLORENTINO PERALTA EN WHATSAPP:








Comentarios