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La carta

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Osteoporosis



José Raquel Badillo Medécigo (Seudohumorista)


26-03-26



Soy el doctor Watson y, como casi todas las mañanas, salí a comprar los diarios. Al regresar al apartamento, advertí a un extraño merodeando en la entrada. Le pregunté si buscaba a alguien.


—Busco a Sherlock Holmes —respondió con seguridad.


—¿Puedo saber quién lo solicita? —repliqué de inmediato.


—Soy José Raquel Badillo, periodista. He publicado algunas de sus aventuras durante su estancia en México. Hoy recurro a él para documentar un caso —dijo, mientras me extendía un sobre con su nombre y un número telefónico.


Le pedí que aguardara unos minutos mientras subía a consultar con Holmes. Al entrar, dejé los diarios sobre el taburete y le entregué la misiva.


Holmes abrió la carta, la leyó con rapidez y la guardó sin hacer comentario alguno. Luego hojeó los periódicos con su habitual desdén selectivo. Desayunamos en silencio. Al terminar, le informé que saldría a la tintorería; me pidió incluir su abrigo, aprovechando el clima caluroso que prevalecía en la Ciudad de México.


Más tarde, al regresar, me pidió que lo asistiera en el ordenador para redactar una respuesta.


Y comenzó a dictar:


Estimado José Raquel Badillo M.:


Es un gusto apoyarte con mi punto de vista sobre el asunto que me planteas.


En efecto, existe una notable similitud en los asesinatos de los presidentes Abraham Lincoln y John F. Kennedy. He aquí algunas coincidencias:


Ambos fueron asesinados en viernes.


Ambos recibieron disparos en la cabeza.


Ambos murieron siendo presidentes en funciones.


Ambos fueron atacados en eventos públicos y ante numerosos testigos.


Sus asesinos —John Wilkes Booth y Lee Harvey Oswald— murieron antes de enfrentar un juicio completo.


Ambos fueron sucedidos por vicepresidentes de apellido Johnson.


Fueron elegidos con cien años de diferencia (1860 y 1960).


Gobernaron en periodos de gran tensión nacional.


Defendieron causas relacionadas con los derechos civiles.


Dejaron una profunda huella histórica tras su muerte.


La historia parece jugar con simetrías: uno fue asesinado en un teatro y su verdugo huyó a un almacén; el otro fue abatido desde un almacén y su agresor terminó en un teatro.


En México, estimado José Raquel, encuentro también ciertos parecidos entre los asesinatos de Álvaro Obregón y Luis Donaldo Colosio:


Obregón era de Sonora; Colosio también.


Obregón fue postulado por el partido en el poder; Colosio también.


Obregón tenía bigote; Colosio también.


Obregón murió con un arma de fuego; Colosio también.


Obregón tenía excelente vista, Colosio también. (Obregón aseguraba que desde Sonora veía el Palacio Nacional; Colosio veía a — todo— el pueblo con hambre y sed de justicia)


 A Obregón le faltaba una mano; A Colosio también (el gobierno en turno se la negó)


En ambos casos se crearon leyendas urbanas.


A la muerte de Alvaro Obregón la vox populi preguntaba: ¿Quién mandó a matar a Obregón? Y el interlocutor respondía: ¡Cállese y Pórtese bien! En alusión a Plutarco Calles y Emilio Portes


A la muerte de Colosio la vox populi preguntaba: ¿Quién mandó a matar a Colosio?


Y el interlocutor respondía: Está pelón saberlo…


Estimado José Raquel, espero que estos datos te ilustren para dilucidar tu artículo a publicar, con motivo del aniversario luctuoso de Luis Donaldo Colosio Murrieta.



Atentamente,



Sherlock Holmes.


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1 comentario


Invitado
hace 2 días

Muy bien, excelente nota

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