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Mente lunera

hace 16 horas
2 min de lectura

Una paz propia. Una historia para disfrutar

Andrea González


(09-23-2026)


De chico nunca imaginé llegar a ser padre de una iglesia, supongo que a ciertas alturas de la vida sólo dejas que ésta te maneje en lugar de tú manejarla a ella.


Era joven, tenía veintiocho años, todavía tenía la oportunidad de oro entre mis manos para poder salir y excusarme con un: “tengo todo el mundo frente a mí, ¿cómo no explorarlo?” y cómo no querer hacerlo, sé lo que sé acerca  del mundo por libros gruesos y por aquellas viudas que vienen a contarme entusiasmadas que por fin salieron a recorrer solas el mundo.


Por señoras que tuvieron que esperar una muerte para por fin salir a donde ellas quisieran.


Yo no quiero esperar tanto, no quiero esperar la muerte de alguien o que la propia se acerque para poder salir.


En cierta manera, no es que no pueda o que me dé miedo el exterior, sino es que no me nace.


No existe esa cosquilla en mí.

¿Loco, no?


En una pequeña iglesia de un pueblo perdido en La Paz encuentro una calidez parecida a la de un hogar, por lo mismo que es un pueblo pequeño, existe una tranquilidad extrema, llegando a lo inquietante.


De pequeño no tuve la presencia constante de mis padres, ya que ellos se iban de viaje por razones de sobra, sólo recuerdo su silueta difusa despidiéndose de mí, me dejaban con una tía, la persona más extravagante, me introdujo a cosas desde muy pequeño, unas se las agradezco, otras con el simple recuerdo me estremezco, me prometí que cuando creciera encontraría mi paz, no importaba que estuviera perdido en la nieve de los Andes, iría por ella, ya que lo que mis ojos veían me impedían dormir en silencio.


Cuando cumplí 18 años mis amigos me llevaron a la iglesia del pueblo, siempre estaba abierta, ya que servía como albergue para los desafortunados y como esperanza de los perdidos. Eran las dos de la mañana, los chicos y yo la exploramos de arriba abajo, era majestuosa, tan alta, tan limpia, tan silenciosa… vitrales que cobraban vida con la luz de la luna.


¿Por qué me llevaron a una iglesia? No lo sé con exactitud, pero me sentí agradecido. En ese ambiente silencioso combinado con las respiraciones pausadas de los que me rodeaban creaban una atmósfera pacífica, que aunque todavía no habíamos puesto un pie afuera, ya la extrañaba.


Al día siguiente, mi tía, durante el desayuno, decidió que ya no quería tener la responsabilidad de una vida que no fuera la suya, así que me envió a un convento donde enseñaban teología, como si fuera una broma bien planeada, sin preguntarme y sin objetar habían pasado 7siete años, era todo padre.


Y mi camino para serlo no fue tan fácil.


Continuará…


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