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La muerte tiene permiso

hace 18 horas
2 min de lectura

Osteoporosis

José Raquel Badillo Medécigo

; - )


(10-31-2026)


“No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda”.

—Woody Allen


“El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”. Las palabras de Octavio Paz, para describir parte de nuestra cultura.


En 1955, Edmundo Valadés cinceló un clásico de nuestras letras: La muerte tiene permiso. El cuento nos sitúa en una asamblea donde un grupo de campesinos expone sus miserias ante la fría burocracia de unos funcionarios federales.


Es Sacramento quien toma la palabra para dar voz al agravio colectiva: acusa al presidente municipal del despojo de sus tierras, del robo del agua, de tributos ilegales, del ultraje a sus mujeres y del asesinato de su propio hijo.


Agotadas las instancias legales donde la justicia es un mito, Sacramento lanza una petición inaudita: exige el permiso de la ley para matar al alcalde. Tras un debate que oscila entre la civilización y el salvajismo, los funcionarios ceden y someten el veredicto a la votación de la asamblea. Al concederle el permiso, Sacramento responde con una serenidad sarcástica:


“Muchas gracias, pero ya no hace falta. Al presidente municipal lo matamos ayer”.

La genialidad de Valadés radica en ese permiso concedido a la fatalidad. Sin embargo, en el reverso de la tradición mexicana, la concesión es distinta: son los muertos quienes reciben el permiso anual para descender y abrazar a los vivos.


Es entonces cuando el cempasúchil enciende su fuego dorado y desprende ese aroma antiguo que traza el camino de las almas hacia el altar. En la Huasteca, esta comunión mística se nombra Xantolo, un eco que viaja desde la voz latina Sanctorum para convertirse en una fiesta de arraigo profundo.


Las ofrendas se consagran a los difuntos, pero terminan siendo devoradas por propios y extraños en un banquete donde el tamal y el chocolate nunca se niegan al viajero.

Hay quienes sostienen la certeza absoluta de que las ánimas cruzan el umbral para visitarnos. Otros, cobijados por la picardía nacional, murmuran con ironía que quienes nos visitan son, más bien, los muertos… pero los muertos de hambre.


Y es que la fiesta de la muerte no prescinde del sarcasmo: los altares se desbordan hoy con los mismos vicios y placeres que el difunto gozó en vida... aquellos mismos que, paradójicamente, apresuraron su partida.

 
 
 

1 comentario


Invitado
hace 17 horas

Gracias por compartir sobrino

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