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Parte 5. Una historia para disfrutar

hace 5 horas
4 min de lectura

Mente lunera

Andrea González


(10-21-2026)


Me arreglé desde muy temprano para llegar a tiempo con Don César, aunque viven en el mismo pueblo, su casa es la más retirada, desconozco el porqué de su aislamiento, se les ve muy poco pero los encuentros que tenemos en la iglesia son agradables, ellos son muy amables, hasta el punto que siento… que su amabilidad nace de una culpa profunda.


Tomé mi maletín, ahí llevaba mi biblia, una libreta, agua bendita, una llave de San Bendito y la oración impresa del acto de contrición, por si querían admitir ese pesar que su ausencia hace notar. No sin antes pasar por la oficina del Obispo, eran alrededor de las 5:00 de la mañana, sabía que ya estaba despierto, organizando la misa de hoy. Toque a su puerta con un leve golpeteo.


-Obispo, soy yo. Salvador.

-Adelante, hijo.

Abrí la puerta completamente con delicadeza para poder pasar, cerré la puerta, y le dediqué una sonrisa al Obispo.


-Muy buenos días, Padre. Ya estoy listo para atender el asunto personalísimo que me encargó. ¿Podría dedicarme más detalles? Para así poder preparar una charla con las palabras adecuadas y no sentirme perdido a la hora de guiar.


-Veo que ya estás preparado muchacho. Acerca de los detalles… Acércate por favor.

Rodeé su escritorio para llegar a su lado, él se acercó a mi oído para susurrar

-Cuando estés sentado, y solo sentado abre tu biblia en el pasaje de Levítico 20:13. Yo sé que sabrás que hacer.


No era necesario leer el pasaje, me lo sabía de memoria.

Sin embargo contesté:


-Entiendo, Padre. Gracias por su confianza.

-Sobre todo confío en tu discreción, hijo mío. Y recuerda, nosotros no juzgamos solo él (hizo un ademán apuntando al cielo) tiene la última palabra.

-Sí, Padre.


Ya estaba sentado en el auto, aunque supiera ese pasaje de memoria, acaté las instrucciones, abrí la biblia en la página justa y… Levítico 20:13 «Si un hombre se acuesta con otro hombre como si fuera una mujer, ambos han cometido una abominación; serán condenados a muerte...»


Ahora resonaba en mi mente el “Yo sé que sabrás qué hacer”


¿Qué puedo hacer yo ante la naturaleza del chico?


Darle unas palmadas a sus padres y decirles en un tono suave “A veces toca”.


No resolvería nada. ¿Hay algo que resolver?


Bendito Padre, sabiendo mi historial de vida desordenada me cree el más capaz, ahora dudo si el bautismo programado es acaso real, pero está bien, me calma un poco al saber que soy yo y no él, me lo imagino dando una plática con imágenes retóricas acerca del amor, la aceptación y la unidad que solo va hacer a la familia confundirse más.


Fueron tantas las preguntas que nacían de mi mente, que no escuché al coche aparcarse en una zona de terracería, ni a la voz del conductor.


-Joven, aquí lo dejo.

-Ah, sí, muchísimas gracias, Manuel.

Antes de bajarme vi que no había una casa en frente, yo creo que mi desconcierto fue transparente que Manuel volvió a hablar.

-Se baja del coche, y ve ese caminito de piedras que va de aquí al árbol de naranjas, más atrás está la casa, no paso porque es peligroso para las llantas.

¿¡Qué?! Se veía que estaba a 235 pasos de distancia, mis rezongos se los ofreceré a Dios.

-Por supuesto, entiendo. Muchas Gracias. Me saluda a la familia.


Y con ello empecé a caminar hacía la dirección, meditando y pidiéndole a Dios que pusiera en mí las palabras adecuadas.


-Sacerdote Salvador, pasé por favor, pobre de usted, viene hiperventilando.

Que pena.

-Muchas gracias por recibirme en su hogar, Doña Matilde.

Di un paso en la casa y el denso aroma a incienso me golpeó de lleno en la cara.

-A usted por atender tan desesperado llamado, prendimos incienso para purificar el espacio, para que sea digno de su llegada.

-No diga eso, toda casa es digna, aunque agradezco el gesto, y me puede tutear o llamarme por mi nombre.


Le sonreía para aligerar el ambiente, lo noté en su ojeras, en sus manos, en las habitaciones cerradas y en las ventanas tapizadas, había algo más pesado en el aire que la mirra; el miedo.


-Ay, Salvador. Siempre tan amable.

Me tomó de ambas manos y me miró directo a los ojos.

-No importa que hagamos, se irá directito al infierno.

Y con ello empezó a sollozar y a murmurar “mi niño, mi niño precioso”

-Por favor, lléveme con él. Le pedí en tono bajo, sin soltarme de una mano me dirigió a la última puerta del pasillo, extendió la mano para tocar 2 veces la puerta.

-Ya llegó.


Y sin permiso ni respuesta, abrió la puerta.


Ante mí, solo vi a un joven hecho ovillo en la cama, tomando en forma propia a aquellos que sanan sus propias heridas pidiendo perdón, sin entender el origen del sangrado.

Voltee hacía la señora.


-Nos puede dejar solos.

Cerró la puerta detrás de mí.

Dejé mi maletín en el suelo y a pasos lentos me acerqué a la cama, me agache para quedar a la altura.

-Raúl, es Salvador.

-No necesito de sus oraciones, ni sus plegarias. Ya acepté mi destino.

-¿Cuál es tu destino? ¿Me podrías decir?

-Pudrirme en estas 4 paredes por el simple hecho de amar a quien me ama. Condenar a mis padres por ser su hijo, que mi existencia no signifique nada porque si uno no es semejanza del excelentísimo no merece nada más que lamentos. Pero sobre todo, no tener la capacidad de mentir como otros. Siendo yo el autor de mi condena, el verdugo de mi destino.

“Yo sé que sabrás qué hacer” Ay Padre…


Continuará…

 
 
 

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