Parte 4. Una historia para disfrutar
Mente lunera

Andrea González
(10-14-2026)
Resultaba que Penélope había ido a visitar a su mamá y de paso se unió al servicio social de los Hernández, ya que era gran amiga de Lupita, la hija del señor Fernando Hernández, fue como encontrar una tarjeta de póker tirada en el suelo verla.
Nada más que agregar, lo dejaré así, tal vez, más adelante me desenlace con esa historia, por el momento les voy a contar que... He vuelto a tener pesadillas, los recuerdos hacen un eco grave y perdido en mis sueños, pero extrañamente se sienten tan reales, se siente tan real el abandono, la negligencia, y en efecto, lo fueron y seguirán siendo reales aunque mi memoria deteriore y no distinga la verdad.
Un pequeño fragmento de mi sueño de la noche anterior:
Estaba en la casa de mis padres, tenía alrededor de unos 8 años, era de madrugada, me levanté porque oí sus voces a lo lejos y de inmediato sentí un nudo en la boca del estómago, una presión aguda en medio del pecho, todas las acciones que hacían mis padres se sentían como vivir con un hambriento tigre silvestre.
Me levanté de mi catre, di unos cuantos pasos en silencio para acercarme al barandal, cerré los ojos para agudizar mi escucha:
-¿No le vamos a decir nada, al niño?
-No, ni que le deberíamos algo, además mi hermana ya accedió a cuidarlo, no te preocupes tanto, Gabriel.
-Pero no creo que acceda a cuidarlo tanto tiempo, Osana. No quiero dejarlo así, sigue siendo nuestro, yo lo quiero.
Hubo un pequeño silencio, escuché el ruido de una silla siendo arrastrada, como si mi mamá se hubiera acercado a mi papá.
-Te pregunto yo ¿Lo quieres para toda la vida? ¿Eh? No me vengas a actuar el papel de arrepentido que no te queda, quieres esto igual o más que yo.
Otra vez un silencio, ya saben lo que dicen: “el que calla otorga.”
-Quita esa cara y ve por el niño.
El niño, tan distante, un ser aparte corrió de nuevo a su rincón para ser recogido y llevado a quien sabe donde. Me apresuré, me tapé hasta la coronilla con mi manta de lona pensando que mi sueño solo era un sueño.
Entró, y como estaba tapado me levantó, no me quejé, no omití ni un solo ruido, bajamos las escaleras e inmediatamente se encaminó a la camioneta conmigo en brazos, escuché las pisadas de mi mamá detrás de nosotros.
Pasé de los brazos de mi papá a los de mi mamá ya sentada en la camioneta, por el movimiento de su pecho intuí que o estaba llorando o solo respiraba muy rápido, como quién esconde la mano después de tirar una piedra.
Y por un momento, por unos cuantos minutos, sentí su mano en mi cabeza, aún tenía la cara tapada por la manta, sentí como pasaba su mano de mi coronilla a mi mejilla, como una acto de cariño incluso de amor.
La camioneta se detuvo, me bajó en brazos, escuché el portazo de mi papá.
-Hermana, aquí está.
“Aquí está” cual entrega estimada.
No puedo, ya no puedo seguir fingiendo, me estaban dejando, mi sangre me decía que la propia que recorría mis venas me abandonaba, que ya no los vería, que era ahora o nunca para actuar, para intentar, intentar…
Intentar, ¿qué, exactamente? ya estaba hecho.
Brinqué de sus brazos antes de ser depositado con aquella.
-No, por favor, no me dejen, seré bueno, ya no haré ruido en la noche, ya me sé atar solo los zapatos, me bañaré solo, pero no me dejen, por favor, no me dejen, no me dejen solo, por favor.
Sus figuras solo se alejaban, y yo, con pies descalzos corría tras ellos, se esfumaban en el aire, respiraba profundo para tenerlos de vuelta, conmigo.
Y antes de que me fuera de bruces en el lodo, me desperté. Empapado, ya no me acuerdo de sus rostros, pero su voz, su voz es un himno, viene a mí con claridad.
Cómo ser-
-¿Otra vez escribiendo en tu diario?
El Obispo Francisco entró a mi habitación, cada vez antes de cerrar el día escribía todo lo que pasaba incluso los sueños de la noche anterior, se me hacía raro su visita, aunque fuéramos cercanos siempre respetaba mi espacio.
-Para no olvidar nada, Padre.
-Muy bien hijo, te digo yo, es bueno para la salud escribir todo lo que llevamos dentro, el Señor te dió el don de la palabra, estoy orgulloso que lo lleves a cabo.
-Muchas gracias, Padre. ¿Puedo hacer algo por usted? Estaba apunto de ayudarle a la Hermana Margarita para la cena.
-De hecho hijo, sí. Mañana quiero que vayas con el hijo de Don César, está preocupado por él.
-¿El joven Raúl? Pero, Padre, no causa revuelos y casi nunca lo veo.
-Ya sé hijo, iría yo personalmente pero mañana tengo un bautismo, estás preparado, y creo que entenderías más su situación que yo.
¿Qué situación?
-Claro, Padre, mañana mismo me reuniré con Raúl.
-Don César pidió que fuera discreta la visita, así que después de la cena te doy la dirección de su casa.
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