¡En la Cárcel!
- Redacción
- 23 oct 2025
- 3 Min. de lectura
Osteoporosis

José Raquel Badillo Medécigo
(Seudohumorista)
10-23-2025
Hay una balada que fue un éxito en la década de los setenta, escrita e interpretada por el cantautor español Braulio, cuya letra dice:
En la cárcel de tu piel / estoy preso a voluntad / por favor déjame así / no me des la libertad.
En la cárcel de tu piel / no hay más rejas que esta sed / que aún no acabo de saciar / porque bebo de tu ser…
¡Qué bella metáfora construyó este cantante para su amada! Habiendo amor y sexo de por medio, más que sentirse prisionero, proclama con orgullo que no envidia ni al mismo Dios.
Hoy en día ser un prisionero dista mucho de quienes por algún motivo fueron convictos el siglo pasado y antepasado.
En México, durante el Porfiriato —quizás desde finales del siglo XIX—, se aplicaba con frecuencia la temida “Ley Fuga”, mediante la cual se asesinaba extrajudicialmente a los presos incómodos al régimen, alegando que habían intentado escapar. Las cárceles más crueles de la época eran Lecumberri, San Juan de Ulúa y las Islas Marías, verdaderos infiernos en vida.
Pero no sólo México padeció prisiones inhumanas. Otras naciones que hoy se consideran del primer mundo también las tuvieron.
Numerosos largometrajes han retratado las injusticias de personajes condenados sin piedad o castigados más allá de lo razonable. Así, en Francia, mi colega Víctor Hugo escribió Los Miserables, inspirada en las profundas desigualdades y abusos de su tiempo.
El cine, por su parte, ha llevado a la pantalla muchos guiones basados en hechos reales: como el caso de aquel joven que aún no cumplía los veinte años, por necesidad, roba en una oficina de telégrafos - veinte dólares-. Capturado, es condenado a cadena perpetua y enviado a la temible prisión de Alcatraz.
O la célebre historia de Henri Charrière, narra en su novela autobiográfica Papillón, donde denuncia las atrocidades cometidas en el penal de la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Su testimonio conmovió conciencias y reveló el lado más oscuro del castigo humano.
Entre las víctimas de prisiones injustas también figuran nombres luminosos, como Nelson Mandela, quien pasó 27 años encarcelado en Sudáfrica y, al recuperar su libertad, pronunció con serenidad y grandeza: ¿En qué nos quedamos ayer?
Estas historias, aunque distintas en tiempo y lugar, comparten el mismo estigma: la pérdida de la libertad y la lucha por la dignidad. Y sin duda hay muchas más que escapan a mi memoria o de plano las desconozco.
No pude evitar recordar todo lo anterior al ver recientemente la imagen de Nicolás Sarkozy, expresidente de Francia, caminando voluntariamente hacia la prisión para cumplir una condena de cinco años por el financiamiento ilegal de su campaña de 2007. Con paso firme, sonriente y seguro de sí, saludaba a sus conciudadanos sin escoltas ni temor. ¡Qué escena tan emotiva!
Estamos a años luz de ver algo semejante en México: ver un expresidente caminar entre la gente sin guaruras. Más lejano aún resulta imaginar a uno de ellos —digamos Enrique Peña Nieto o Andrés Manuel López Obrador— dirigiéndose a pie hacia el penal de La Palma para cumplir una sentencia por la misma causa y delito de Nicolás Sarkozy.
Pero no hay que perder la fe… porque como un déjà vu algún día, seguro estoy que cierto titular del Ejecutivo proclamará, para beneplácito de los mexicanos:
“Así como nuestro sistema de salud ya es mejor que el de Dinamarca; ¡Hoy la justicia de México ya es mejor que la de Francia!
¡Sí esto llegase a ocurrir, por favor otorguemos el maleficio de la duda y creámosle!







Me acuerdo cuan do amarraban a los perros con longaniza, y como para muestra un botón... Que diría chucho el roto o el ladrón de las manos de seda....
Este año es un año del tercer milenio.
Eternamente yií Ben Assaf
Saluditos a el chipocles del RACHI