top of page

Una brecha que no se ve, pero se siente

  • Redacción
  • hace 3 días
  • 2 Min. de lectura

Mente Lunera

ree

Andrea González


(11-26-2025)


Hay un punto, casi imperceptible, en el que dejamos de correr hacia lo que amamos y empezamos a correr detrás de lo que necesitamos.


No sucede de golpe: no hay un gong que anuncie el cambio, ni una ceremonia solemne donde nos entreguen oficialmente la membresía del “mundo adulto”.


Ocurre silenciosamente, como cuando anochece sin que notes el momento exacto en que el cielo deja de ser azul.

De pronto, un día te descubres revisando correos a deshoras, postergando conversaciones importantes con las personas que te importan y haciendo listas mentales de pendientes mientras lavas los platos.


Te sorprendes archivando sueños con la misma facilidad con la que archivas documentos del trabajo. Te duele un poco… pero igual sigues, porque “así toca”.

La adultez llega como un préstamo: te da autonomía, pero te cobra en tiempo, energía y prioridades. Te promete estabilidad, pero a cambio te exige fragmentos de aquello que antes era tuyo y solo tuyo: tus pasiones, tus tardes libres, tus ganas de explorar sin motivo. Aunque uno intenta hacer equilibrio, como un acróbata temerario en una cuerda floja, la rutina siempre tira más fuerte.

Es curioso cómo funciona: cuando éramos más jóvenes, creíamos que crecer significaba ampliar horizontes. Y sí, se amplían, pero también se llenan. De obligaciones, de expectativas, de responsabilidades que se pegan al calendario como si fueran de tinta permanente. La agenda se expande, pero nuestros márgenes internos se estrechan. Y en ese estrechamiento, lo que amamos se nos va quedando lejos, como un objeto que dejamos en la orilla mientras nadamos hacia el otro lado del río.

El trabajo diario, las prisas, los trámites, los pagos, las decisiones que no pueden esperar, nos va modelando. Hay días en los que sentimos que sobrevivimos por inercia. Que funcionamos como máquinas diseñadas para cumplir, producir, mantener.


Mientras tanto, nuestras pasiones, las verdaderas, esperan pacientes en un estante invisible. Algunas empiezan a cubrirse de polvo. Otras nos reclaman en silencio, como quien mira por la ventana esperando que volvamos.

Pero acaso crecer no consiste también en aprender a negociar con ese mundo que todo lo exige. En aprender que lo que amamos no desaparece: se esconde, se transforma, hiberna. Y somos nosotros quienes debemos rescatarlo, como quien recupera un tesoro antiguo enterrado bajo capas de días iguales.

Quizá el mayor desafío de hacerse adulto no es trabajar, pagar cuentas o tomar decisiones difíciles. Quizá el verdadero reto está en recordar quién eras antes de que el calendario empezara a dictar tus movimientos. En salvar de la rutina ese pequeño núcleo que te sostiene, como una brasa que todavía arde aunque el mundo sopla para apagarla.

Porque hay momentos breves, luminosos, casi secretos en los que te reencuentras contigo. Puede ser una canción que te gustaba hace años. Un olor que te recuerda un sueño que dejaste suspendido. Un libro que te espera abierto en la misma página. Y ahí, en ese chispazo, entiendes que nunca te fuiste del todo; solo habías cambiado de carril para sobrevivir.



 
 
 

Comentarios


bottom of page