Texto a medio masticar
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Mente lunera

Andrea González
(02-18-2026)
Hay días en los que uno se sienta frente a la hoja en blanco con la esperanza de que algo, lo que sea, lo que Dios ilumine y salga naturalmente…
Pero no pasa. No llega. Se va sin siquiera llegar…
Todo parece negro, blanco y gris. No hay matices, no hay destellos, no hay esa chispa que antes incendiaba los márgenes de los cuadernos.
Las palabras, que otras veces corrían como ríos desbordados, hoy son: quietas, frías, imposibles de mover.
Como si la frase incompleta de una semana en mi libreta fuera mi roca y yo en su consecuencia un Sísifo.
Intento escribir sobre la alegría, pero la alegría es tímida. Apenas si se asoma. Los momentos emocionantes, los que nos encienden la piel, los que nos hacen sentir que la vida vale cada segundo, son los más efímeros. Duran lo que dura un suspiro mal contenido. Lo que tarda el café en enfriarse. Lo que tarda una canción en terminar.
De repente llega la inspiración y se convierte en un par de versos que suelen rimar, a veces ni eso.
Es curioso: los instantes más luminosos ocupan menos espacio que la tristeza. La tristeza escribe párrafos largos, densos, interminables. La emoción, en cambio, apenas cabe en dos líneas torcidas, en una metáfora incompleta, una manzana a medio morder.
Porque todo parece cubierto por una neblina de tonos apagados. Porque las historias que quisiera contar están hechas de silencios. Porque hay días en que la vida no suena a sinfonía sino a un ruido lejano, monótono, como un televisor encendido en otra habitación.
Y sin embargo, aquí estoy; escribiendo.
Descubro entonces que incluso el vacío tiene textura. Que el gris no es un solo gris, sino muchos: gris humo, gris ceniza, gris madrugada. Que el negro también guarda secretos, y que el blanco, aunque parezca limpio, puede doler de tanto mirar.
La página no pedía emoción sino honestidad.
Cuando la inspiración se esconde y los recuerdos brillantes apenas ocupan un par de versos en el papel, sigue latiendo algo: la necesidad de decir, de nombrar, de dejar constancia de que estuvimos aquí, sintiendo, aunque fuera poco, aunque fuera gris.
Porque incluso el gris, cuando se mira lo suficiente, termina contando una historia.








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