En otro planeta
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Osteoporosis

José Raquel Badillo Medécigo
(Seudohumorista)
“Mi relación anterior fracasó por mi incongruencia, pues le había prometido amarla todos los días y no fue así” Rachy
Debo confesarles que no sigo a Elon Musk por la tecnología, ni por los autos eléctricos, ni siquiera por su obsesión con Marte. Lo sigo por algo mucho más humano y urgente: la esperanza. La esperanza de que un día anuncie, sin previo aviso, que ya hay naves disponibles para civiles con prisa existencial.
No quiero colonizar un planeta ni quiero salvar a la humanidad.
Quiero algo mucho más modesto: invitar a mi amada a viajar fuera de la Tierra y hacer lo que los enamorados hacen… ¡pero con ventaja una astronómica!
He aprendido de la ciencia —y de la vida— es que el tiempo es relativo. Y nada sería más romántico que amar bajo un cielo ajeno, donde los días duran menos o más, según convenga a la narrativa.
Imagino la escena: abordamos la nave, dejamos atrás las deudas, los noticieros y el estrés terrestre. Jupiterrizamos -en Júpiter- por ejemplo, donde los días duran menos de diez horas. Ahí, lo que para mí serían unos minutos intensos, para ella y la estadística cósmica serían casi una epopeya. La física trabajando a favor del ego masculino.
O mejor aún: Ir a Venus. Ese planeta donde el tiempo parece detenido, donde un día dura más que cualquier relación mal cerrada. Ahí, cualquier encuentro parecería eterno. No por mérito propio, sino por decreto planetario. Galileo nunca lo explicó así, pero seguro que lo habría entendido.
No se trata de engañar a nadie —ni siquiera al reloj—, sino de cambiar de contexto. Porque a veces no es que falte pasión, sino planeta. No es que el amor sea breve, es que la Tierra gira demasiado rápido y no coopera.
Por eso espero ansioso a Musk. No como visionario, sino como proveedor de coartadas científicas. El día que diga “los vuelos interplanetarios ya son una realidad”, yo estaré listo. Con maleta ligera, corazón dispuesto y una sonrisa cómplice, pensando que quizá, que en otro planeta el amor dure lo que siempre dijimos que duraba.
Y si no… al menos podré culpar a la gravedad.
Y si de esa experiencia mi amada queda embarazada, con justa razón podría llamarlo Venustiano. Al menos en México hacen falta verdaderos caudillos




