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¡Malditas Ambigüedades!

  • Redacción
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Osteoporosis

José Raquel Badillo Medécigo

(Seudohumorista)


01-22-2026


La ambigüedad: un recurso indispensable para quienes no desean ser comprendidos del todo.” Ambrose Bierce

Acompañé a Sherlock Holmes a una universidad donde dictó una magistral conferencia sobre “la ambigüedad”. En un primer momento quedé sorprendido por el tema, pues, aunque no le era del todo ajeno, no constituía precisamente su especialidad. Sin embargo, se las ingenió para abordarlo con solvencia, quizá porque entre los asistentes se encontraba su colega sabueso, Omar Garza.

El auditorio estaba a su máxima capacidad. Desconozco si fue por el interés genuino del tema, por la fama de Sherlock como ponente o porque la mayoría de los asistentes —alumnos— habían sido convocados con la promesa de puntos extra en alguna asignatura.

Sherlock, con la puntualidad que nos caracteriza a los ingleses, salió al estrado y, con aplomo, inició su exposición.

—Dicen que la ambigüedad es el arte de decir algo tan claro que nadie entiende lo mismo. Se utiliza como línea discursiva en la retórica para permitir decir “sí”, “no” y “tal vez” al mismo tiempo, sin mentir… técnicamente. Ocurre cuando una frase admite tantas interpretaciones que hasta su propio autor puede negarla al día siguiente.

Estratégicamente, la ambigüedad funciona como una coartada perfecta para escudarse de las consecuencias…

Holmes prosiguió con su línea discursiva mientras, de cuando en cuando, daba sorbos a su botella de agua.

—En España —continuó—, Francisco de Quevedo utilizó una frase conocida como calambur, figura que se inscribe dentro de las ambigüedades, y se atrevió a decírsela a la reina:

“Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”…

¡Su majestad es / coja!

Cabe señalar que la monarca rengueaba al caminar.

El auditorio murmuró con nerviosa complicidad.

—Hace unos meses fui a Alvarado, Veracruz —prosiguió Holmes, guiñando el ojo derecho—. Quedé impactado al ver a una linda dama y le pregunté si podía acompañarla. Muy pícara, me contestó:

—¡Depende, joven!

Afortunadamente comprendí el doble sentido y desistí de mis pretensiones.

Un joven levantó la mano y tomó la palabra:

—No entendí su desistimiento ni encontré el doble sentido —aseveró el estudiante.

Holmes repitió la frase, ahora pausadamente, sílaba por sílaba:

—De / pen / de / jo… ven.

El auditorio estalló en carcajadas.

La conferencia culminó con una ronda de preguntas y respuestas, aunque la mayoría de las interrogantes poco o nada tenían que ver con la disertación.

El auditorio fue quedando vacío hasta que solo quedamos Sherlock, Omar y yo.

Omar estaba visiblemente maravillado, pues admiraba a Holmes no solo como detective, sino por su intuitivo e infalible poder deductivo.

—Quiero pasar a la historia por lo que hago por mi patria, pero también me gustaría burilar una frase para la posteridad, como lo hizo Francisco de Quevedo ante la reina —dijo entusiasmado Garza Harfuchi.

—Ya habrá oportunidad —respondió Holmes—. A veces las circunstancias se presentan de manera inesperada.

Hace dos días, Holmes intentó contactar telefónicamente —en altavoz— a Omar Garza. El funcionario se disculpó, explicando que cierta persona le había solicitado un consejo, pues no sabía qué hacer ante la inminente presión extranjera para intervenir contra los narcopolíticos. El dilema era incómodo e inaceptable desde la óptica de la soberanía nacional, pero al mismo tiempo deseaba sacudirse ese lastre para poder gobernar. Se encontraba, pues, en una verdadera encrucijada política y su único recurso era confiar en la pauta que Garza le dictara.

Media hora más tarde, el auricular indicó que entraba una llamada de Omar.

—¡Listo, amigo Sherlock!

Sorprendido, Holmes balbuceó:

—¿Tan pronto lo lograste?

—¡Sí! —enfatizó Omar—. A veces es difícil entender a los superiores. Quieren una cosa y, al mismo tiempo, la contraria. Así es imposible aconsejar.

—¡No entiendo! —replicó Holmes.

—Pues esta persona siente amor por la patria, respeto por la soberanía, presión del extranjero… y además carga con la sombra de su antecesor.

—¡Así que mi consejo fue breve y sustantivo! —continuó Omar—. La comitiva extranjera estaba haciendo antesala en su despacho y no podía esperar más.

Le sugerí simplemente:

—¡MANDARLOS A LA CHINGADA!

Holmes rió a más no poder y exclamó:

—Amigo Omar, has acuñado una frase para la posteridad. ¡Te felicito por tu ambigüedad!

—¿Ambigüedad? —replicó preocupado Garza Harfuchi—. ¡Espera… es cierto! Déjame ver si aún puedo remediarlo.

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