¿Narcopolíticos?
- Redacción
- hace 5 días
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Osteoporosis

José Raquel Badillo Medécigo
(Seudohumorista)
01-29-2026
Sigilosamente, Omar Garza Harfuchi se las ingenió para llegar sin previo aviso a nuestro departamento. Holmes esperaba una compra de Amazon, por ello, cuando sonó el timbre, Sherlock dio por hecho que se trataba de su pedido.
La sorpresa fue grata. Tras los saludos de rigor, nos sentamos a desayunar y Omar le confirió el caso del exatleta olímpico canadiense Ryan Wedding, detenido por agentes del FBI, según las autoridades norteamericanas, y —a decir de las autoridades mejicanas— que se hubo entregado por decisión propia.
—¿Por qué crees que hoy se abrió un debate entre si se entregó o fue capturado, amigo Sherlock? —inquirió con visible preocupación el sabueso mejicano.
—Elemental, mi querido Harfuchi —respondió Holmes—. Méjico ha perdido credibilidad ante la sociedad porque desde hace años recurre a la misma retórica.
¿Recuerdas aquel caso tan sonado en el estado de Hidalgo, para ser precisos, en Huejutla? Un sacerdote formó una caja popular de ahorro con el nombre “REGRESE”.
Tras malos manejos administrativos y financieros, surgieron denuncias formales por un desfalco millonario. ¡Más de dos mil campesinos salieron a las calles para exigir la devolución de su dinero!
El fraude fue atribuido directamente al sacerdote; sin embargo, éste se dio a la fuga. Meses después, los judiciales siguieron su rastro y lograron ubicarlo. Y aquí viene lo interesante: el diario de mayor circulación en el estado publicó la nota con un encabezado noble: ¡Sacerdote se entrega!
Evidencias, ninguna. Pero se trataba de cuidar las formas, de no dañar la fe mayoritaria por culpa de un mal elemento del clero. Aquello fue un parteaguas en Hidalgo ¡desde entonces, se cuidan las formas, aunque se tuerza el fondo. ¡Por eso no debe sorprenderte que hoy la sociedad desconfíe de declaraciones medidas con el mismo rasero!
El timbre del departamento volvió a sonar. Me pareció oportuno encargarme de recibir la paquetería que aguardaba Sherlock Holmes.
El repartidor me entretuvo varios minutos. En su lista figuraba el número de guía, pero por error había tomado un paquete equivocado. Cuando por fin regresé, Omar Garza ya se despedía, no sin antes advertir que volvería por la noche para conocer qué conclusión arrojaba las pruebas documentales.
Pensé que Holmes me pondría al tanto de lo ocurrido durante mi ausencia, pero apenas vio el paquete en mis manos se lanzó a abrirlo con el entusiasmo de un niño frente al regalo de Reyes. No hubo tiempo para comentarios: se enfrascó en su pedido.
Ya entrada la noche, yo permanecía abstraído frente al televisor cuando llegó nuevamente Garza Harfuchi.
—Despreocúpate —le sugirió el sagaz detective londinense—. Has soportado un estrés fuera de lo común con tantas detenciones y ofrendas al vecino país del norte. Pero tu hipótesis no tiene sustento, al menos no con los documentos que has entregado, respecto a tu superior(a) que sospechas.
Holmes me indicó descorchar un vino tinto y traer el tabaco para recargar su pipa, mientras él servía tres copas para acompañar unas exquisitas carnes frías. El tema quedó de lado; la intención era clara: que Omar Garza se marchara sin sobresaltos.
Debo admitir que Holmes logró su propósito, como casi siempre. Omar se despidió visiblemente agradecido y más aún mareado por el vino.
Al marcharse, me confió la inquietud que aquejaba a Harfuchi:
—Figúrate que Omar traía una sospecha.
—¿Cuál? —pregunté, sin ocultar mi ansiedad.
—Que la persona de quien depende jerárquicamente tenía un vínculo directo con César Sepúlveda Arellano (a) EL BÓTOX… ese delincuente que fue entregado junto con otros 36 al vecino del norte.
Mi mente comenzó a atar cabos con una velocidad que pronto se revelaría imprudente.
— Omar señala su preocupación de que este individuo esté vinculado directamente con su superior(a) y estando a merced de las leyes extranjeras incrimine en sus declaraciones para ser testigo protegido, pues en las redes sociales el año pasado hicieron alusión que había mejorado su imagen…
—¡Ahí está! —interrumpí con vehemencia—. ¡Es una evidencia indeleble! ¡El eslabón perdido para acusar de lleno y encasillar a esa persona dentro de la narcopolítica! ¡Los políticos recurren al C.O. para ganar elecciones, lógico que también lo hagan para ¡mejorar su imagen!
Sherlock Holmes dejó lentamente su copa sobre la mesa, me observó con paciencia infinita y negó con la cabeza.
—De ningún modo, querido Watson. Esta vez tu entusiasmo ha corrido más rápido que tu razonamiento.
—¿Cómo dices? —repliqué, desconcertado.
—La confusión es tan burda como reveladora —continuó—. La persona a la que aludes recurrió, en efecto, al BÓTOX… pero no al delincuente que imaginas.
Encendió su pipa y, tras una breve pausa, remató:
—Hablamos de la toxina botulínica aplicada con fines estéticos: pequeñas dosis inyectadas en músculos específicos de la cara para bloquear temporalmente las patas de gallo y en las ojeras, y logrando suavizar las arrugas de expresión.
El silencio se apoderó de la habitación.
—¿Entonces…? —atiné a decir.
—Entonces —concluyó Holmes— confundiste a un criminal con una jeringa, a un capo con un tratamiento facial.
Comprendida mi torpeza, no me quedó más remedio que sonreír con discreta vergüenza.
Tomé el violín de Holmes y se lo ofrecí en silencio, dando por terminado el tema antes de que mi confusión dejara nuevas arrugas… esta vez, en mi credibilidad.







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