La amabilidad cabe en un rincón
- Redacción
- hace 2 días
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Mente Lunera

Andrea González
(14-01-2026)
La amabilidad rara vez llega con grandes anuncios. No entra haciendo ruido ni exige aplausos. Casi siempre se manifiesta en lo mínimo: en lo que parece invisible, cotidiano, incluso automático. Y quizá por eso su poder es tan profundo. Porque en un mundo que corre, que empuja, que exige, los pequeños detalles amables se convierten en una forma silenciosa de resistencia.
Está en quien sostiene la puerta unos segundos más, aun cuando tiene prisa. En quien cede el asiento sin mirar el teléfono para asegurarse de que alguien más lo necesita. En el mensaje que pregunta “¿llegaste bien?” sin que exista una obligación real de hacerlo. Son gestos breves, casi insignificantes, pero capaces de cambiar el tono entero de un día.
La amabilidad en los pequeños detalles no busca reconocimiento. No se practica para ser vista, sino porque nace de una conciencia simple: la de entender que el otro también carga cosas. Cansancio, preocupaciones, miedos que no se nombran. Ser amable es, en muchos casos, aceptar que no sabemos qué batalla está librando la persona frente a nosotros, y aun así elegir no sumar peso.
Hay una delicadeza especial en esta forma de amabilidad. No invade, no presume, no se impone. Acompaña. Se expresa en escuchar sin interrumpir, en recordar un nombre, en respetar un silencio. En no responder con dureza cuando sería fácil hacerlo. En elegir palabras suaves en un momento áspero.
Lo curioso es que estos gestos, tan pequeños, no solo alcanzan a quien los recibe. También transforman a quien los da. Practicar la amabilidad afina la mirada: nos vuelve más atentos, más presentes, más humanos. Nos obliga a bajar la velocidad y a notar lo que normalmente pasamos por alto. Y en ese ejercicio, algo dentro se acomoda.
En tiempos donde la indiferencia parece más rápida y la rudeza más rentable, la amabilidad se convierte en un acto casi subversivo. No porque sea espectacular, sino porque insiste. Porque se repite. Porque se cuela en la rutina y la suaviza. Porque recuerda que no todo tiene que ser duro para ser fuerte.
Tal vez no podamos cambiar el mundo de golpe. Pero sí podemos alterar el espacio inmediato que habitamos. Un gesto amable no salva
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